Una terapia profunda nos ofrece un espacio para restaurar la coherencia en nuestra vida. En muchos casos, la mera toma de consciencia es suficiente para predisponernos al estado de coherencia. Sin embargo, existen dos aspectos que pueden marcar el proceso de manera decisiva: el poder del silencio y el poder de la palabra.
El poder del silencio.
La palabra es la mente. El silencio es el ser. La palabra es limitada. El silencio es ilimitado. Para aprender, la mente necesita palabras. Para comprender, se necesita silencio. El aprender se basa en lo conocido. El comprender sucede al desprenderse del conocimiento y abrirse a lo desconocido. El aprender lleva tiempo. La comprensión ocurre súbitamente, de manera misteriosa, como una apertura espontánea a la verdad de las cosas. El conocer es relativo; igual que se aprende, se desaprende y se olvida. La comprensión es para siempre; cuando uno comprende, se vuelve la comprensión misma.
¿Cómo podemos invitar a la comprensión? Para comprender es necesario aprender a silenciarse… Silencio y amor a la verdad, eso es lo esencial.
El silencio es la gran clave porque el silencio en sí mismo te saca de la mente y te sitúa en un espacio de consciencia transmental. El silencio te permite observar con claridad. Si la limitación está en la mente, en el silencio está la libertad.
El silencio es una práctica de descondicionamiento y desidentificación, un camino de liberación. El silencio nos abre a un nivel más amplio de consciencia y percepción. El silencio es la actitud de la consciencia-testigo o consciencia-corazón, un estado de serena observación que naturalmente deviene en comprensión y compasión.
Observo sensaciones, emociones, pensamientos… Observo el mundo de fuera y el mundo de dentro… Simplemente observo… Esto es algo que está ocurriendo… Observo desde el silencio.
Como valor simbólico el silencio tiene una clara connotación transpersonal: silencio significa vacuidad, aceptación, apertura y entrega. El silencio, en sí mismo, nos introduce en la dimensión transpersonal, esto significa una percepción más allá de la mente-ego que, al ser observada, pasa de ser “sujeto” a “objeto” de observación. Más allá de la mente-ego queda un silencio, y una apertura incondicional… Y esto en sí mismo nos sitúa en lo transpersonal.

El poder de la palabra.
En una terapia profunda el poder del silencio opera conjuntamente con el poder de la palabra.
La palabra no solo define la realidad, sino que la crea y la expresa.
La palabra revela nuestra mente, consciente e inconsciente. La estructura de nuestro lenguaje revela la estructura de nuestro pensamiento (una forma de hablar es una forma de pensar). Si observamos cuidadosamente las palabras que pronunciamos, podemos descubrir las creencias ocultas que anidan en nuestro inconsciente, porque nuestro lenguaje es un reflejo perfecto de ellas.
Hoy en día, mediante técnicas de neuroimagen se puede constatar que no es necesario un estímulo real para reaccionar en el presente, basta con nombrarlo para que se activen las redes neuronales correspondientes. Teniendo esto en cuenta, no es sorprendente que los estudios encaminados a desentrañar las raíces del estrés apunten al hecho de la comunicación como un factor determinante. Somos seres de comunicación, por lo tanto, no es de extrañar que nuestra coherencia y bienestar dependa enormemente de la manera en la que nos comunicamos. El desarrollo terapéutico implica, entre otras cosas, el aprender a comunicar cómo nos sentimos y nos vivenciamos.
Durante el proceso terapéutico muchas veces descubrimos que detrás de un conflicto existe una palabra que lo inició todo; una palabra no dicha, una emoción no expresada, un trauma silenciado que incluso ha encarnado en el cuerpo para poder ser escuchado. El hecho de verbalizar lo que vivimos es terapéutico en sí mismo. Por eso, la expresión auténtica en el trabajo terapéutico es un factor decisivo.
A menudo una voz amable y sincera es mucho más terapéutica que cualquier medicamento. Un gesto y una voz adecuada pueden cambiarnos el humor en un instante. La palabra nos lleva a la risa, a la alegría, a la ternura y al humor, desde lo más inesperado. La palabra sorprende, conmueve, enternece y emociona. Pero lo más milagroso que sucede con las palabras, es que nos pueden curar. Con la palabra podemos hacer nuestra alquimia interior: aliviar dolores, lidiar con nuestras dudas, rabias y culpas, concluir duelos, sanar heridas, convencer miedos, soltar yugos, terminar quizás con esclavitudes interiores y exteriores: liberar y liberarnos. [Alex Rovira]
La importancia de la palabra es notable. Psicológicamente, somos el conjunto de nuestras palabras, y cualquier enfermedad es una palabra, no dicha por la boca, sino por el cuerpo. […] La palabra y el hecho de verbalizar siempre tranquiliza. Expresar en forma de palabras, gestos y actos simbólicos permite deshacerse de una tensión, de una presión… Y a veces, ya basta, porque el ser humano es un ser de comunicación. [Christian Fléche]
Toni Consuegra
Instructor de Meditación y Terapeuta Transpersonal
Fundador de Ananda Desarrollo Integral
www.anandaintegral.com


Deja tu comentario