Psicoterapia y espiritualidad; el proceso terapéutico desde la Psicología del Despertar.
Algunos maestros espirituales no incluyen el trabajo terapéutico con sus discípulos o alumnos, incluso reniegan de ello, aun cuando sus enseñanzas no abordan con eficacia el desarrollo sano de su individualidad. Ante esto, dichos maestros lo que recomiendan normalmente es más práctica espiritual. Asimismo, algunos maestros declaran que el trabajo terapéutico no es más que un simple refuerzo del ego y la ilusión, una mera distracción, poco más que revolcarse en la propia historia personal. Ciertamente, la principal objeción sobre el trabajo terapéutico es que este puede intensificar la identificación con el personaje y su historia (darle excesiva importancia y relevancia), y esto, efectivamente, puede suceder (de hecho, todo en este mundo favorece la identificación, incluidas todas las prácticas espirituales y caminos de liberación). Sin embargo, lo que aquí se señala es que el trabajo terapéutico orientado a la individuación, paradójicamente, favorece la desidentificación.
Desde la Paradigma Integral, el proceso terapéutico es un proceso personal y transpersonal. Es un proceso de individuación, para llevar al individuo más allá de sí mismo.
Así pues, algunos maestros espirituales confunden la psicología superficial con la terapia profunda, que en sí misma es espiritual. Una terapia profunda no tiene nada que ver con la clásica charloterapia (la imagen del psicólogo y el diván), sino con un proceso de consciencia que incluye apertura y expresión emocional, la comprensión de la naturaleza de la mente y el trabajo corporal. La psicoterapia que incluye al cuerpo y que es emocionalmente culta e integradora, es intrínsecamente espiritual.
El trabajo terapéutico incorpora nuestras dimensiones física, emocional, mental y espiritual. Este trabajo, de hecho, tiene que ver con el desarrollo de una consciencia integral, en el que meditación y psicoterapia se complementan para un mismo propósito: el desarrollo, la sanación y el despertar.
Por lo demás, en esta negación del trabajo terapéutico también se pierde de vista una paradoja fundamental; antes de buscar la disolución del yo, es necesario un yo sólido y estructurado; antes de trascender el ego, primero tiene que desarrollarse y consumarse. Como dice Engler: “tienes que llegar a ser alguien antes de no ser nadie”.

Un proceso de consciencia.
El proceso terapéutico, esencialmente, es un proceso de consciencia. Lo esencial es hacer consciente lo inconsciente, sanar las viejas heridas aun “vivas” (aquellos sucesos que hemos vivido de manera traumática o conflictiva), liberar la carga emocional atascada y reprimida, y transformar las creencias inconscientes que están causando conflicto, incoherencia y desarmonía, bloqueando de ese modo la salud y el contento en nuestra vida. Lo que se busca es integrar la sombra psicológica en la consciencia-corazón, y liberar esta energía psíquica hacia el florecimiento de la vida. Y así es como este florecimiento de la vida finalmente deviene en un florecimiento espiritual, así es como el proceso terapéutico favorece naturalmente la apertura a lo transpersonal.
El proceso terapéutico nos conduce suavemente a desidentificarnos, a reconocer que, esencialmente, no somos esas dinámicas del cuerpomente con las que trabajamos. El proceso terapéutico tiene que ver con “afinar el instrumento”, para revelar Eso que somos más allá de la programación y el condicionamiento.
La Sabiduría Perenne afirma que toda patología se deriva de la ignorancia fundamental de la mente, el no saber quiénes somos realmente. Durante el proceso terapéutico, de una u otra manera, el paciente es orientado hacia niveles más profundos de consciencia. A través del proceso de la observación, de la atención, de la presencia, del “darse cuenta”, se favorece que surja ese reconocimiento en la plena consciencia. Todo conduce a revelar ese centro quieto y silencioso desde el que se contempla el fluir de la experiencia.
El proceso terapéutico tiene su propio momento.
Dicho lo dicho, cabría plantearse: ¿en qué momento el proceso terapéutico deja de ser liberador y comienza a ser limitador? ¿En qué momento se libera o se sigue fortaleciendo la identificación? Dicho con otras palabras ¿cómo saber si el proceso terapéutico ya está de más, si el trabajo en el nivel personal ha madurado lo suficiente como para poder ir más allá? La clave es el desarrollo de la individuación, el grado de comunión interior, de autoconocimiento y de autoaceptación, la medida en la que uno ha disipado las barreras de la división y abierto las puertas de una nueva percepción.
Efectivamente, el proceso terapéutico tiene su propio momento, no es un trabajo para mantenernos en el nivel personal hasta el final de los tiempos. Cuando se trabaja con algo, ya está, eso se acabó, se liberó. Luego vendrá otra cosa, que también será procesada y liberada. Claro, una vida consciente mantiene serenamente desplegada esta mirada terapéutica sobre los procesos del cuerpomente, sin embargo, el enfoque ya no es tan quirúrgico e incisivo, sino que se trata de una actitud connatural a la presencia consciente; una vez liberados los nudos que amarraban la consciencia, generando sufrimiento y limitación, una vez que la vida del individuo transcurre de manera fluida y coherente por los cauces de su corazón, entonces, todo es asistido por esta presencia arraigada en el amor.
Toni Consuegra
Instructor de Meditación y Terapeuta Transpersonal
Fundador de Ananda Desarrollo Integral
www.anandaintegral.com


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