Psicología Transpersonal y el Proceso de la Consciencia Integral.
Para adentrarnos en un proceso de la consciencia integral podemos servirnos de una bella imagen: un gran río que se desliza entre dos orillas. Una orilla es la Tierra, la otra es el Cielo, y lo que discurre entre ambas es el Río de la Vida.
El Río de la Vida brota del Corazón. La Tierra (lo finito, lo limitado, lo condicionado) es una orilla. El Cielo (lo infinito, lo ilimitado, lo incondicionado) es la otra. Para el Corazón, entre ambas orillas no existe ningún conflicto, ninguna dificultad, la orilla del tiempo no es contraria a la orilla de la eternidad, el río fluye entre las dos orillas con absoluta naturalidad. Para el Corazón, las dos orillas y el Río son una misma Realidad.
Lo que generalmente ha sucedido es que estando apostados en la orilla de la Tierra hemos olvidado la orilla del Cielo, anclados en la orilla del tiempo hemos olvidado (negado o ignorado) la orilla de la eternidad. El Río es tan fascinante, tan bullicioso y burbujeante, que apenas levantamos la mirada para mirar más allá. Sí, todo sería tan sencillo como levantar la mirada… Pero claro, ahora mismo nuestra mirada está fijada y atrapada en la corriente, en los remolinos y vapores que se levantan y nos envuelven… El Río de la Vida se particulariza en el río de nuestra vida individual, y tanta agitación y tanta espuma absorben nuestra atención plenamente, impidiéndonos observar más allá de las propias turbulencias de la corriente. Un día algo nos hace levantar la mirada, y entonces vislumbramos la orilla de lo ilimitado, la orilla de la eternidad, y así, por un instante percibimos lo que significa ser y descansar… Pero claro, de alguna manera -por costumbre- ahora asumimos que esa orilla es contraria a la orilla turbulenta de lo terrenal, y entonces nos preguntamos ¿cómo pasar a la otra orilla? ¿Dónde está el puente para cruzar de lo limitado a lo ilimitado?

Desde lo limitado no se puede tender el puente. Lo limitado, por su propia naturaleza, no puede cruzar a lo ilimitado, es lo ilimitado lo que penetra a lo limitado. Cruzar, paradójicamente, es darse cuenta de que el puente no puede ser cruzado, sino revelado.
Un día de gracia te ves al otro “lado”, en la orilla de lo ilimitado. ¿Cómo ha sucedido? ¿Cómo se ha dado? ¿Por qué éste y no ese otro ha sido el agraciado? ¿Tiene que ver con la valía personal, con los méritos, con los talentos? ¿Tiene que ver con algún estado o condición particular de este momento? La respuesta es simple: es un misterio. Sucede donde tiene que suceder, cuando tiene que suceder, nada más y nada menos.
Ahora bien, si esta caricia de la gracia es ofrecida desde la orilla de la eternidad, entonces cabría preguntarse: ¿hay algo que pueda hacerse desde la orilla del tiempo, de lo limitado, de lo personal? Lo personal puede invitar a lo transpersonal, esa es la señal. Lo personal puede asentir y consentir, puede silenciarse y entregarse, puede abrirse y confiar… Y, además, puede trabajar por clarear la corriente personal. ¿Qué es lo que podemos hacer para clarear la corriente? Aquí lo que surge es señalar hacia lo que genéricamente llamamos Meditación y Terapia. La práctica meditativa fortalece la visión y la mirada. La práctica terapéutica armoniza la corriente personal, libera la presión retenida y propicia el flujo de agua clara. Y eso es lo que favorece levantar la mirada.
Desde el corazón comprendemos que tender el puente significa ser desde la Verdad y vivir en las apariencias de la vida, vivir entre el Misterio y el Milagro, entre el Silencio y la Profunda Maravilla. Comprendemos que vivir sabiamente es fluir con el Río de la Vida.
Usted, pues, no solo es Conciencia pura. También es una especialísima refracción de la Luz universal, un aroma muy concreto de la Conciencia universal, y una encarnación muy singular de la Conciencia universal y de la apasionada Energía de la Vida.
Lo transpersonal se manifiesta más plenamente a través de lo personal. No deberíamos pues, para despertar a lo trascendente, esforzarnos en anular nuestra singularidad. De hecho, lo cierto es precisamente lo contrario. Tenemos que aceptarnos y perdonarnos por ser el personaje (a veces torpe y a veces encantador) que parecemos. Tenemos que perdonarnos nuestras asperezas, nuestros traumas y nuestras pautas neuróticas.
Nuestra singularidad no es más que el modo en el que la Eseidad omnipresente decide manifestarse a través de nosotros.
El individuo libre permite que la Esencia universal resplandezca a través de su singularidad, incluidas aquellas cuestiones más extrañas, curiosas o frágiles. Y es que, cuanto más nos aceptamos a nosotros mismos, más plenamente podemos manifestar el Amor, la Luz y la Conciencia del Espíritu.
[ Ken Wilber. Teoría Integral.]
Toni Consuegra
Instructor de Meditación y Terapeuta Transpersonal
Fundador de Ananda Desarrollo Integral
www.anandaintegral.com


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