La felicidad se alcanza cuando lo que uno piensa, lo que uno dice y lo que uno hace, están en armonía. [Gandhi]
El alineamiento entre lo que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos y lo que hacemos genera un estado de coherencia, contento y bienestar. Cuando estamos donde no queremos estar, con quien no queremos estar, diciendo lo que en realidad no queremos decir o haciendo lo que en realidad no queremos hacer… Cuando el corazón transmite verde, la mente responde rojo, la garganta expresa amarillo y la acción que surge es azul, entonces entramos en un estado de incoherencia, estrés y malestar. Claro, en nuestra vida cotidiana no siempre es posible (ni necesario) ser “cien por cien” auténticos y coherentes, sobre todo si esto puede ocasionarnos problemas prácticos, o bien dañar a las personas con las que nos relacionamos. En cualquier caso, lo que cuenta es el estrés que genera esta incoherencia, su intensidad y su persistencia.
La clave reside en poder reconocer desde donde estoy respondiendo en cada momento: esta incoherencia ¿surge desde la inteligencia práctica, surge desde el amor, surge desde el miedo? ¿Surge desde la cortesía, la amabilidad y el respeto, o desde el temor a afirmarme, a expresar mis necesidades o a proteger mis derechos? La señal es el estrés. Detrás del estrés siempre está el miedo.
Es importante comprender que un estado de coherencia puede asumir algunas incoherencias puntuales que no impliquen estrés, y, cuando lo implica (por cuestiones prácticas o funcionales), puede abordar una gestión del estrés más eficaz y responsable.
El conflicto interior.
La metáfora del carruaje es una antigua enseñanza utilizada por la tradición de sabiduría muy adecuada para ilustrar todo esto que abordamos: el carro es el cuerpo físico, el cochero es la mente y los caballos son lo emocional. ¿Quién va sentado en el interior? ¿Quién es el ocupante? El corazón, que es la identidad más próxima al ser esencial.

Somos el ocupante que monta el carruaje en su viaje por la vida. Lo que ha sucedido es que, al desconectarnos del corazón, nos hemos olvidado de nosotros mismos, el propio ocupante… Entonces creemos que somos el cochero, un cochero desorientado, medio dormido, medio borracho, que en realidad no sabe adónde va… Otras veces nos dejamos arrastrar por unos caballos desbocados, cuya única relación con el cochero se establece por medio de azotes y latigazos… Y entre tanto nos olvidamos de los cuidados necesarios del carro, que por lo general termina desatendido y destartalado… No hay ninguna armonía, cada elemento del carruaje se mueve según sus propios impulsos y su exclusiva propensión, se mueve torpemente sin un guía que comande y aporte cohesión, orden y dirección… De ahí el estrés, como reflejo de esta tensión y esta desconexión, de este olvido de nuestro ser en el profundo corazón.
La función del estrés es orientar al individuo hacia la búsqueda de soluciones a los conflictos y desafíos que le toca vivir. Sin embargo, el principal estresor al que estamos expuestos no es tanto la situación exterior en sí misma, sino que surge de un conflicto interior (esta falta de alineamiento y coherencia interior). El problema surge cuando el estrés deja de ser un recurso puntual y pasa a ser una modalidad de existencia. El estrés mal gestionado puede conducir a una tensión crónica que repercute negativamente en la salud del individuo, en este caso nos encontramos con el estrés disfuncional (distrés). El estrés mal gestionado produce una gran pérdida de coherencia, por eso se dice que las personas que están en incoherencia enferman, y las que están en coherencia sanan.
La emoción oculta.
Cuando nos encontremos enfermos o desequilibrados podemos reflexionar en qué momento hemos perdido coherencia, aquí reside la clave de nuestra curación. Pero claro, a veces esta incoherencia no es tan evidente. En los procesos terapéuticos se descubre que, más allá de la incoherencia periférica o superficial, en algún lugar oculto existe una incoherencia profunda e inconsciente. Nuestro conflicto profundo es inconsciente, y el mayor estresor al que estamos expuestos es al conflicto entre consciente e inconsciente (entre la imagen y la sombra psicológica). En muchos casos, el trabajo terapéutico se dirige a liberar las emociones ocultas acumuladas en nuestro inconsciente. Esta tensión emocional latente, oculta y sumergida, es la que está produciendo incoherencia en nuestra vida.
La emoción oculta tiene que ver con esa emoción que no pudimos gestionar en la infancia (originada por una situación traumática, estresante o conflictiva), o bien con esa emoción que lesiona la imagen que tenemos de nosotros mismos, la imagen que construimos para ser aceptados y reconocidos. Por ejemplo, si he construido y me he identificado con una imagen pacífica y benévola, seguramente será muy difícil para mí aceptar emociones como la ira o el enfado. En este sentido, lo que suele suceder es que la mente tapa o evita esa emoción que considera inaceptable, aunque el corazón la sienta: “siento enfado”, pero la mente no lo puede aceptar: “yo no me enfado”. Entonces entramos en incoherencia.

El corazón no entiende de razones, el corazón siente.
En realidad, detrás de todo lo que nos sucede hay una historia de emociones mal gestionadas. Lo importante es encontrar esas emociones ocultas y liberarlas con absoluta legitimidad, de esta forma se hacen conscientes y son procesadas con responsabilidad. Se trata de permitirnos sentir esa emoción, permitir el resentir, pero esta vez de una forma madura y consciente.
Al liberar la emoción oculta, los nudos, los impactos congelados, al tomar consciencia de las creencias y los programas implantados, cuando todo sale a la luz y es integrado, entonces el conflicto se puede transformar y la persona se predispone a la salud y la coherencia. Pero claro, después de la toma de consciencia hay que pasar a la acción; no basta con saber, hay que sentir y hay que hacer. Es necesario reflejar esta nueva percepción en el mundo, plasmarla en nuestra vida cotidiana. Recordamos que el estado de coherencia aparece cuando la energía del corazón (lo que sentimos), la energía de la mente (lo que pensamos) y la energía de la voluntad (lo que decimos y hacemos), están alineados con el ser esencial (lo que somos), y entonces es cuando el ocupante y todo el carruaje disfrutan profundamente del viaje.
Toni Consuegra
Instructor de Meditación y Terapeuta Transpersonal
Fundador de Ananda Desarrollo Integral
www.anandaintegral.com


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